Hidalgo: En un estado rico, un pueblo pobre, y para colmo, agredido

Dr. Abel Pérez Zamorano

En el estado de Hidalgo se genera una inmensa riqueza. En Producto Interno Bruto de las Actividades Secundarias ocupa el lugar 16 nacional, y el 19 en PIB Total. Es el principal productor de cemento (28% del total nacional): operan en la entidad seis plantas, con una capacidad productiva que oscila en torno a 10.1 millones de toneladas anuales (Secretaría de Desarrollo Económico, 2014). En el sector energético, la refinería de Tula es la más importante de las seis que hay en México: en 2017 procesó 215 mil barriles diarios de petróleo (Sener). Ahí mismo se ubica la termoeléctrica Francisco Pérez Ríos, la segunda que más electricidad genera entre las 30 que operan en el país. La agricultura y la ganadería en el estado son ricas: en 2015-16, Hidalgo fue el sexto productor de café cereza (FIRA); en fin, ocupa el segundo lugar en producción de ovinos. Lamentablemente, lo anterior no se traduce en un mayor bienestar para la mayoría de los hidalguenses. La miseria se expande a la par que se produce más riqueza.

Habitan en el estado 2.9 millones de personas, de las cuales, 1.4 millones padecen pobreza, y en pobreza extrema viven 234 mil, el 8% (Coneval: Medición de la pobreza 2016). En la Huasteca y la Sierra Otomí-Tepehua, el hambre es una cruel realidad, y demanda acción gubernamental que asegure despensas alimenticias; son zonas principalmente indígenas (el estado es el sexto en porcentaje de población indígena). Hidalgo está clasificado en la categoría de “alto grado” de marginación: en el sitio número nueve. En el país, 22% de la población se ubica en la categoría de “No pobre y no vulnerable”; en cambio, en Hidalgo solo el 12.8%, 374 mil personas (Coneval, 2016). Según estudio del Centro de Investigación Económica y Presupuestaria (CIEP), 11 de agosto de 2015, “Pobreza Extrema en Entidades Federativas, 2014”, firmado por Kristóbal Meléndez, el estado ocupa el octavo sitio en habitantes en pobreza extrema (datos Enigh 2014), en contraste con el lugar 18 que ocupa en la población nacional. Utilizando el coeficiente de Gini, el estudio ubica al estado como el séptimo con mayor desigualdad.

​Más específicamente, en rezago educativo ocupa el lugar 24 nacional, con un 18.5% en tal condición. Mientras en el país, el 55.8% carece de acceso a la seguridad social, en Hidalgo es el 77.1% (lugar 29). En el país, 19.3% padece rezago en acceso a servicios básicos en la vivienda; en Hidalgo, el 28% (sitio 25, un total de 819 mil habitantes que viven en 203 mil viviendas). El 20.1% de todos los mexicanos sufren rezago en acceso a la alimentación; en este caso, 24.5%, lugar 27 nacional (Sedesol, “Informe Anual sobre la situación de pobreza y rezago social 2018, Estado de Hidalgo”, con datos del Coneval 2016). Según INEGI, en 2015, un 5.5% de mexicanos se encontraba en analfabetismo, contra 8.2% en Hidalgo, séptimo sitio nacional. En este contexto de tremenda marginación, y como un mentís a la fallida política de seguridad de los gobiernos estatal y federal, el sábado pasado, el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública dio a conocer los datos correspondientes a junio, donde Hidalgo encabeza la lista de aumento en homicidios: 355% más que en junio del año pasado.

​Ante esta realidad de brutal contraste, entre abundancia económica y una ominosa miseria, todo gobierno con un mínimo de sensibilidad social tendría el deber de, al menos, buscar atenuar tal situación, orientando el gasto público para atender prioritariamente a los sectores más desprotegidos; eso sería humanismo. La empobrecida sociedad hidalguense requiere atención urgente, mediante una política gubernamental de generación de empleos suficientes, permanentes y bien remunerados, y una reorientación del gasto público en favor de quienes más lo necesitan. Pero salta a la vista que en la entidad no ocurre así, ni por pienso; y si el gobierno, atado por sus intereses y compromisos con los poderosos, no lo hace motu proprio, mínimamente debiera respetar y atender a quienes sí se esfuerzan, hasta el límite de sus modestas posibilidades, por promover la equidad distributiva, algo, por lo demás, contemplado en nuestras leyes como derecho de petición y de manifestación; pero tampoco esto hace: por el contrario, despliega contra ellos una sorprendente e irracional agresividad.

El gobierno encabezado por Omar Fayad Meneses ha desatado una verdadera persecución contra aquellos que se atreven a exigir atención a demandas ancestrales de comunidades y colonias populares, concretamente, contra campesinos y colonos organizados en el Movimiento Antorchista Hidalguense. En lo que va de la actual administración se han atropellado sistemáticamente las garantías constitucionales y se aplica una política de bloqueo administrativo total y de difamación hacia quienes se atreven a cuestionar el actual orden de cosas y demandan mejoras. Todo ello ha quedado sobradamente evidenciado en la prensa local, fuente a la cual remito a los lectores interesados en el caso; no cito aquí cada nota de periódico, fecha y página, por razones de espacio, pero los pormenores son sobradamente conocidos por la opinión pública del estado.

Por elemental humanismo, se impone una reorientación en las decisiones oficiales hacia el pueblo. Urge abandonar la política de negativa, pretextos y ocultamiento, y destinar una proporción mayor de los recursos para atender, por ejemplo, las carencias en servicios públicos en las viviendas, construcción y sostenimiento de escuelas, albergues para estudiantes pobres, hospitales, caminos rurales, sistemas de agua potable, obras de electrificación. No puede el pueblo vivir de pura retórica. El hambre no se sacia con periodicazos o amenazas, ni silenciando a quienes la sufren ni cercándolos en sus comunidades para impedirles manifestarse. Hacer eso, únicamente multiplica la indignación social y exhibe, tras el discurso engañoso, a los gobernantes que tal hacen. Así las cosas, y como alguien dijo; no sé quién, pero dijo bien: necesitamos un gobierno que luche contra la pobreza, no contra los pobres.

Texcoco, México, a 24 de julio de 2019


Cómo pretenden segregar a los jóvenes de su realidad social

Dr. Abel Pérez Zamorano

Los jóvenes son un sector social particularmente sensible; aquellos que proceden de clase trabajadora, y además estudian, aúnan a su origen el dominio de una ciencia, que les aporta elementos para comprender mejor la realidad, responder a las necesidades de su época y ser partícipes activos y conscientes en apoyo a su pueblo, destacadamente contra la horrenda pobreza que sufre, incluidos ahí los padres mismos de esos jóvenes. Según la teoría política clásica, ciencia y fuerza de masas combinadas han sido factor de impulso del cambio social.

Mas esto lo entienden también los señores del status quo, y han refinado sus mecanismos para conjurar tal riesgo, buscando segregar a los jóvenes de la vida política y el conflicto social. Su arsenal es diverso y poderoso. Aprovechando la natural inclinación de los estudiantes hacia lo académico (por definición su quehacer natural), se busca absorberlos solo en eso, a tal grado que olviden o no puedan mirar la realidad circundante, encerrándolos en el claustro, ideológicamente anestesiados, insensibles al dolor social. Ante esta manipulación vale recordar que la pura academia no basta. El conocimiento científico del más alto nivel es indispensable, sí, pero deben aunarse en la formación del profesionista el arte, el deporte y la política misma. Si el estudiante no adquiere conciencia social y se abstiene de participar en los asuntos de interés público, otros decidirán por él, relegándolo a simple objeto de voluntades e intereses ajenos, en vez de sujeto activo y consciente. Se le enajenará así de su realidad.

A este respecto, una acepción de “enajenación” de la Real Academia es: “Distracción, falta de atención, embeleso”. Más profundamente, Nicola Abbagnano en su Diccionario de filosofía ofrece variaciones del concepto, según las diferentes escuelas filosóficas: “… proceso por el cual el hombre resulta extraño a sí mismo hasta el punto de no reconocerse […] El trabajo externo, el trabajo en que el hombre se enajena, es un trabajo que implica sacrificio de sí mismo y mortificación […] Este uso del término se ha hecho corriente en la cultura contemporánea […] también con referencia a la relación entre el hombre y las cosas en la edad de la técnica, ya que parece que el predominio de la técnica enajena de sí mismo al hombre en el sentido de que tiende a convertirlo en engranaje de una máquina [cursivas mías, APZ] […] la situación en la cual no se distingue el deber ser del ser y por lo tanto el pensamiento negativo, o la fuerza crítica de la Razón, es olvidada o acallada por la fuerza omnipresente de la estructura tecnológica de la sociedad” (Abbagnano, pág. 369). En todos los casos se denota una disociación de las relaciones sociales, absorción del hombre por el aparato económico y nulificación de su capacidad crítica. Obviamente estas definiciones aluden a la enajenación ideológica, pero el fenómeno tiene otras connotaciones, una de ellas, en el fondo, económica, cuando el trabajador pierde el control de los medios de producción y de sus productos, volviéndose él mismo una simple pieza del engranaje productivo, y perdiendo así su personalidad, su juicio crítico.

Decimos antes que el arsenal enajenante es diverso, y peligroso. Incluye adicciones a drogas y consumo excesivo de alcohol; también a dispositivos electrónicos que absorben la mente del joven y le sustraen de su realidad. Asimismo la cultura hedonista le empuja a pensar que lo principal de la vida gira en torno a “la diversión”, como “lo propio de su edad”. Incluye dádivas y prebendas para neutralizarle, e incluso cooptarle. Todo para apartarlo de la problemática verdadera, evitando que se interese e involucre en la vida social y sienta suyos los problemas comunes.

El aparato educativo, escolar y no escolar, está diseñado para desclasar al joven y fomentar el egoísmo como recurso ideológico; para obnubilar su conciencia, distanciándolo de sus semejantes e induciéndole a buscar, en un aislamiento nietzscheano, su propio y personal provecho, fuera del colectivo, incluso enfrentado a este, indiferente a las penurias de los demás. Se promueve en las universidades el menosprecio al trabajo manual y a quienes lo realizan. Se infunde la ficción de que el individuo solo alcanzará el éxito empresarial, y que su conocimiento es una mercancía que sería “tonto” compartir, pues en esta economía de mercado representa dinero. Y reforzando esa ideología de segregación, presiona la competencia, base económica de la que emanan el egoísmo y la ruptura objetiva de la unidad social; el sistema la generaliza y promueve, convirtiéndola en ideología y enfrentando entre sí a los individuos en una guerra de todos contra todos, bellum omnium contra omnes, como decía Hobbes. El capital modela así al hombre que necesita.

Como remate, autoridades y ciertos profesores ocultan a los ojos del joven el esfuerzo que el pueblo hace en su educación, repitiéndole hasta la náusea que su éxito es mérito solo suyo, al que a lo sumo contribuyó su familia, soslayando el papel del pueblo, con sus impuestos y su trabajo. Ese pueblo trabajador, el gran olvidado, pero en realidad el gran protagonista, pues todo el dinero que el gobierno aporta (y con el que pretende comprar conciencias) es obra de los trabajadores. A lo anterior, vale añadir, para cerrar, que al fallar los controles ideológicos viene la amenaza hacia los jóvenes, frecuentemente cumplida con la abierta represión académica.

Pero ningún control ideológico enajenante es infalible y eterno; a la postre, la nobleza y las energías de los estudiantes habrán de romperlos, como testimonia la historia: sin ellos, toda transformación social verdadera es inconcebible. La dialéctica misma del cambio social, las fuerzas que la impulsan, harán inevitable la incorporación de la juventud, de su parte más sensible y consciente, al lado del pueblo. La pobreza, angustia popular y necesidades insatisfechas, demandan apremiante y efectiva solución y no pueden ser ignoradas eternamente; la necesidad presiona a todos, incluidos los estudiantes, y les empuja a participar. Para esto, su saber ayudará, y será conocimiento liberador, como hizo Prometeo, llevando a la humanidad el fuego – en otras palabras, la ciencia –, que ilumina y hace fuerte a quien lo posee (en castigo el Titán fue encadenado a una roca en el Cáucaso). De nada valdrán las cadenas, ideológicas, económicas o administrativas, de todos los Hefestos de huarache, que pretenden sujetar a la juventud y evitar que sea solidaria.

Texcoco, México, a 7 de noviembre de 2019